Los patrones de amor que recibimos en nuestra primera infancia construyen nuestra relación con nosotras y con el mundo, y por tanto, con nuestra maternidad.
Y es que, efectivamente, todo empezó mucho antes de lo que hoy notamos.
¿El mundo es un lugar hostil o amigable? ¿Puedo confiar? ¿Confío en mi, mis recursos y mi capacidad? ¿Necesito tener todo bajo control para saber qué todo estará bien?
¿Merezco amor? ¿Valgo? ¿Valgo por lo que logro o por lo que soy? ¿Tengo que esforzarme? ¿tengo derecho a priorizarme? ¿Puedo fallar? ¿Y si se molestan? ¿Y que pensarán…?
Estos aspectos y muchos más son aspectos que se mueven dentro de nosotras y que vemos, en muchos casos, con la llegada de nuestra maternidad (a veces ya en la búsqueda o sino en la crianza). Ese gran espejo nos muestra magnificando todo lo que arrastramos en nuestra mochila, y en muchas ocasiones ya proyectado desde la mochila de nuestros padres.
Las experiencias tempranas construyen nuestro concepto sobre nosotras y sobre el mundo y, por tanto, el modo en que me relacionaré con él: lo que priorizaré, lo que permitiré, lo que atenderé…
Que maravillosa crisis nos trae la oportunidad para atender todo eso que tenemos pendiente!



